Domingo 19

Los viajes en autopista son largos. 

El camino discurre a través de las extensas llanuras toledanas sin que apenas te des cuenta. Tienes la ventanilla bajada y el aire fresco de la mañana te deja la mente en blanco. Suena la música, algo parecido a una balada de rock de los 70 pero no le prestas atención. Tampoco lo haces con los pájaros volando en bandada sobre el cielo azul, ni a un halcón posado en una señal de tráfico. A sendos lados de la carretera los conejos esperan de pie a que su vida se procure más sencilla, mientras toman el sol y quizás, quién sabe, piensen en los familiares muertos por accidentes de tráfico el año pasado. 

Los viajes en autopista son muy largos.

Castilla la Mancha tiene la peculiaridad de tener todo muy lejos. Cada pueblo vive al menos a quince minutos de distancia en coche. Y todos son pueblos pequeños, con gente de mirada osca, con la herencia de aquella época dorada donde luchaban en sus fortalezas y defendían el poder español contra aquellos malditos negros. Por eso debes pasar con el coche sin hacer mucho ruido y tener fe en que la próxima ciudad el pueblo llano se haya convertido en algo más culto. 

Y es en ese momento, cuando te sientes superior a todo lo que te rodea, cuando piensas buscar una emisora mejor en la radio y empieza a sonar una melodía completamente extraña. Tan extraña que jurarías no haberla escuchado en al menos veinte años. Trata sobre una chica francesa con la voz cascada, juraría que desentona, que no llega a las notas y que la música no va acorde. Pero aún así consigue llenarte por dentro y no sólo eso, es esa desentonación la que saca de ti un recuerdo que pensabas perdido, tan perdido que no lo entiendes. La música inunda el alma, la desprende del cuerpo y la hace vibrar. ¿Y este recuerdo cuál es? Y sé que es un momento de mi vida, juraría que he vivido con esta canción, que amé con esa canción, que me sentí feliz, casi morí, escuchando esa canción. No entiendo nada de la letra, tampoco entiendo por qué se está acabando. Abro los ojos mucho, se está yendo, se va.

A veces las cosas son demasiado rápidas. Ya casi he llegado a mi destino, sin darme cuenta. Ahora tengo un recuerdo en blanco de una vida que no sé si fue real. Un sabor extraño en la boca inunda mis miedos. ¿Soy incapaz de recordar?
Esto lo escribo tiempo después de lo pasado. Tengo la música en el móvil y el recuerdo sigue igual. Podría pasarme todo el día escuchándola hasta recordarlo bien pero, ¿para qué? Este sentimiento es genuino, no quiero perderlo. 

Quizás el recuerdo es sólo la canción.

Domingo 12

A Maximiliano le gustaba dar de comer a las palomas. Era lo más parecido a su trabajo y encima no tenía que sentir la angustia de cobrar a personas con escasos recursos, ni si quiera tenía que ver llorar a nadie. Venían, agachaban la cabeza y esperaban. Simplemente esperaban. Maximiliano siempre alargaba esta escena tanto como podía, le resultaba gratificante. Todos los días a la misma hora, en el mismo banco en el mismo parque. Se sentaba, sacaba la bolsa llena de pan y se quedaba observando cómo las palomas le miraban, esperaban pacientes al mendrugo seco y duro. Estúpidas ratas, pensaba. Y una vez que estaban todas, que cada una de ellas ardía en deseos y las copas de los árboles resplandecían en gris, él sonreía. Pero sonreía con todo, con los labios, los dientes, con el alma entera, sus vasos sanguíneos se hinchaban y empezaba a ruborizarse. Tal era su alegría, su calor.

Apenas habían personas a esa hora en el parque, y es verdad que las pocas que pasaban por ahí no veían más a que a un joven y apuesto hombre bueno que daba de comer a las palomas como si fuera un viejo.

Y claro está, él lo prefería así.

Luego se puso a pensar en Lucia cuando se quedó sin pan. Pensó en sus manos, tan diminutas y nerviosas, arrebujándose en los flecos de su falda. Al momento no pudo impedir pensar en sus piernas, fuertes, de mujer fuerte, de andar decidido, y es que le encantaban aquellos días de verano cuando venía con su escote, y qué pechos, qué rostro, qué piel. Le costaba mantener la calma y la pose detrás de su escritorio. Además, desde que averiguó que su marido le había dejado sola con su hija se sorprendía a si mismo cada día pensando cómo podría cautivarla. Y más aún con esa necesidad de afecto. Que me gustaría abrazarte y hacerte sentir hermosa, Lucia. Se repetía por dentro.

Lucía, tantas veces repetía su nombre: lucía, lucía. Le temblaba el pecho cada vez que la veía en su agenda, todos los días que pasaba cerca de su casa o que la veía dejar a su hija en el colegio. Cada día que oscurecía por la tarde y en su rostro se dibujaban las lágrimas de su tormento. Y encendía la lámpara de la mesa y su rostro se desfiguraba en mil tormentos. Ella se hacía más hermosa y él no sabía qué hacer.

– Llora, Lucia, llora cuanto quieras, – le decía – es lo mejor que puedes hacer.

Y ella asentía.

Parecía una paloma hambrienta.

Lunes 30

​Lucia estaba desnuda frente al espejo.

Le habían dicho varias veces que tenía que aceptar que su cuerpo era tal y como era. Que todas esas

obsesiones que le habían ido metiendo en la cabeza carecían de veracidad. No seas tonta, que eres 

guapa como eres. Los cuerpos bonitos son los cuerpos reales. Si ya me gustaría a mi tener el 

cuerpo que tú tienes, tonta. 

– Tú, Lucia, tienes un cuerpo bonito – se dijo al espejo, con la mayor convicción del mundo.

Se lo decía mientras cerraba los ojos y dejaba que su mano se deslizara por la piel. Sentía 

escalofríos, miedo, punzadas de un dolor agudísimo y sobre todo vergüenza por estar haciendo lo 

que hacía. 

Se susurraba que tranquila, que sigue, sigue. Y en el frío del baño las lágrimas de Lucia empezaban 

a brotar sintiendo de nuevo sus varices, la piel de naranja, aquellos pelitos de más. Con sus ojos aún

cerrados fue creando una imagen de su cuerpo monstruosa, con unas caderas grandes y deformes, 

los muslos toscos, los tobillos gordos. La piel flácida de la barriga le recordó el hambre que llevaba 

teniendo durante varias semanas porque una amiga suya se rió de ella al comprar unos donuts. Y sus

pechos. Aquellas enormes deformaciones del señor que tanto odiaba. Toda su adolescencia 

sufriendo por lo mismo, tantísimos años aguantando el toqueteo pueril de hombres y mujeres; las 

miradas, el odio, la envidia, la lujuria.

Había empezado a respirar más fuerte sin darse cuenta, apretando los nudillos y los dientes, le 

temblaba el cuerpo entero recordando todo lo que había pasado. Y por acto reflejo, por odio, por 

amor o por pura desesperación se azotó.

Aún con los ojos cerrados se azotó en la cara hasta tenerla roja, hasta sentir la sangre en su boca. Se 

azotó las piernas, el vientre, cogió el cepillo y empezó a arañarse la piel y siguió en su redención sin

parar. Se restregó el jabón por la piel, por la cara, por el pelo, por las uñas y por el sexo. Se frotó 

con toda la fuerza que pudo mientras se volvía a azotar. Ahora las tetas. Esos sucios pecados del 

señor, le susurraba su madre desde la memoria. Las apretó con todas sus fuerzas hasta sentirlas 

moradas, quería que estallaran en mil pedazos y no quedara nada de ellas. Quería arrancarse los 

pezones, las costillas y las entrañas. Pero no, no podía, claro que no, por eso reventó el jabón contra 

el suelo hasta hacerlo añicos. Y ahora con los puños, y con los huesos, se dijo, muy bajito, para 

intentar no oírlo. La sangre y el jabón se hicieron uno y al poco se quedó sin aliento, tirada en el 

suelo frío, agarrando su cuerpo hecho jirones y repitiendo una y otra vez:

– Por qué…

Y entonces oyó una respiración al otro lado de la puerta. No, no, no, no, no, no podía ser. La abrió 

de golpe y ahí estaba su hija con los ojos abiertos con una pregunta inocente en la boca:

– ¿Por qué, qué, mami?

Lunes 9

Eran sobre las once menos cuarto y Maximiliano había terminado de trabajar en su consultorio. Había dejado sobre su escritorio las gafas, el paquete de Ducados negro y su mechero. Cerraba los ojos mientras se los frotaba por el cansancio.

  • Por Dios, – soltaba en un suspiro –  qué día más largo.

Acto seguido encendió el portátil y mientras cargaba la pantalla se quedó mirando su título de Psicólogo en el fondo de la pared, apenas iluminado por la luz de la calle.

  • Ya han pasado casi doce años, ¿eh?. Y la gente sigue con los mismos problemas que cuando empecé.

A Maximiliano le gustaba hablar a solas. Pensaba por alguna razón, que nadie podía comprender sus devenires de cabeza, entre otras cosas, porque consideraba al resto de la población salvo unos pocos, un atajo de inútiles, morralla y carne de cañón que vitoreaban sus logros como si fueran monos borrachos redescubriendo el fuego.

No sólo le gustaba hablar a solas. Se pasaba el día entero ordenándolo todo para que no hubiera cabida a la locura, al caos, a la imaginación o lo que quiera que se llamara eso que no fuera orden, puro y pulcro.

Tecleó algo en Internet, se bajó los pantalones y empezó a masturbarse.

Domingo 8

La mitad de mi vida la recuerdo en el mar. Mejor dicho, casi no recuerdo mi vida sin mar. De mi infancia no recuerdo más que una fotografía descolorida. Mi padre era el que hacía la foto y yo con apenas un par de años estaba en medio de la playa, mi madre a un lado y el increíble horizonte bañando todas las vistas. Está claro que sólo puedo recordar esa imagen gracias a la fotografía porque era demasiado pequeño. Unos años más tarde aparecí de nuevo ahí, creo que era la misma playa, con algunos de mis primos hablando sobre las conchas y las perlas que podríamos encontrar dentro. Los niños y sus cosas. Soñábamos con la riqueza que nos daría una perla encontrada en las costas de un pueblo.

Tiene gracia que yo ya supiera que todo eso de las perlas es algo más complicado que tener suerte, pero ¿para qué desilusionarles? Eran mis primos y yo al fin y al cabo, el primo mayor. Caía una responsabilidad no escrita en mis espaldas. Por eso les anhelaba, les contaba historias sobre la belleza de las perlas y sobre su gran valor y lo fácil que era venderlas. El tiempo se volvía algo más distendido entonces, nosotros en la parte de atrás de la camioneta volviendo a casa. Luego volvíamos, pero aún quedaba la brisa marina y el sabor a salitre de la arena, nos impregnaba el cuero cabelludo, los dedos de los pies y en el fondo del oído. Yo recuerdo ese momento como si fuera un punto en la tiempo,  siempre terminaba en el mismo sitio. No era un punto del final del día, a ver si consigo explicarme, ni si quiera del comienzo ni la hora de comer. No, el mar tenía esa hermosa característica, y es que carecía completamente de tiempo.Y te llenaba. Ya fuera en la otra orilla del charco, bien sea en las enfurecidas costas del Mar Cantábrico, todo parecía querer unirse en un sólo segundo, un segundo eterno que han compartido todas las playas en las que me he sentado a contemplarlo, sin darme cuenta.

Porque siempre recodaré la arena fluyendo por mis manos en forma de cascada, el ruido del mar lamiendo la costa, aquella gente que pasea por el fondo, los perros que ladran. El mar parece uno. Mis primos gritando, aquella chica que me gustaba tanto, aquellas fotos corriendo por la arena para no perder la última luz del día, las esperanzas, los lloros, aquel lambrusco caliente, tantos y tantos momentos que convergen en un sólo segundo.

Y ahora, que no tengo playa ni tengo mar, por primera vez en años dejo de sentirme solo. Porque todo ese ruido se comió el tiempo y me dejó tranquilo, contemplándolo. Y es un recuerdo que nunca voy a perder.

Sábado 7

Si pudiera echar la vista atrás cada vez que recuerdo mi pasado y, pudiera ver algo más que pequeños trozos de mi infancia: como un padre grande y barbudo, protegiéndome y enseñándome todo lo que necesitaba saber, una madre hermosa con un pelo largo que siempre estaba cuando el corazón se me encogía; luego estaban aquellas tardes lluviosas con los rayos centelleando el cielo oscuro mientras un pequeño niño contaba mentalmente los segundos, aterrado, para saber a cuántos kilómetros estaba de estar a salvo; el humo de tabaco de mi padre desfigurando su rostro apenas iluminado por la lamparita de noche, concentrado en su lectura, o mientras hablaba con mi madre o mi tío.

Siempre sentí ser un espectador de mi propia vida. Agazapado en una esquina de la habitación, como una bestia, viendo ese mundo que me sonreía.

Aunque sí que había veces en los que echaba la vista atrás y me encontraba cogiendo la cabeza de mi madre mientras lloraba, y yo le cantaba canciones de cuna para que se durmiera en una habitación que no era más que una pocilga oscura y húmeda. A veces, muy pocas en verdad, rememorabas cuando tu padre discutía con tu madre y te dejaban entretenido con una película -maldita y estúpida película que terminé detestando sin saber por qué – y los gritos y los silencios se repetían como en una partida de tenis. Oías los llantos y las palabras de consuelo. Y no entendías muy bien por qué pasaba eso, si tus padres se querían.

Y volvían los flashback en modo de escenas sencillas y tiernas: tú intentando que tus padres se cogieran de la mano cuando iban por la calle; tú llorando cuando mamá se iba de casa porque solamente podías pasar los fines de semana con ella; tú llorando en tu cuarto porque no tenías a nadie con quién cobijarte cada vez que discutías con tu padre; tú solo, siempre solo, hablando con tus hermanos invisibles, hablándole a las cortinas, a los peluches y a los árboles.

Tú, en el fondo de una manta, con los ojos cerrados con fuerza rezando, por primera vez en tu vida, para que tus padres volvieran a estar juntos.

Tú triste

Tú olvidando.

Tiene gracia que me pregunte por qué me cuesta tanto recordar.

Domingo 11

  • He vuelto a soñar de nuevo con lo mismo

El psicólogo hace ademán de echar una ojeada por ahí en un acto de distracción el tiempo justo para mirar los papeles de la paciente y preguntar:

  • ¿Hablas de aquel sueño en donde estábais en una mesa con mucha gente?
  • No eramos tantos, no – se come las uñas – en realidad éramos unos pocos, no sé si se acuerda. El sueño iba sobre mi hija y yo, que jugábamos a remedar a los adultos.
  • Sí, sí, me acuerdo perfectamente
  • Bueno, como le decía: Jugábamos a que mi hija y yo servíamos la bebida como personas cultas, de alta cuna, hablando de messie, madame y otros tantos… ¿cómo podría llamarlo yo?, ¿Nombres?
  • Apelativos – corrigió
  • Eso mismo, qué listo es usted. Apelativos. Y sabe usted, me sentía mal por ello. Siempre me siento mal por reírme de toda esa gente que tiene gran gusto y buena clase. ¡Pero no podía parar! Mi hija se lo pasaba tan bien que simplemente no podía parar. O… – dudó un segundo- no queria.

Para sus adentros Maximiliano pensaba que menos mal que le pagaban cincuenta euros la hora.

  • Pero al igual que la última vez,- decía mientras tocaba su block de notas con la goma del lápiz – aun siendo muy sincera con tus sentimientos, no conseguiste explicarme por qué crees sentirte mal al verte reflejada en ese sueño.
  • Porque nosotros no tenemos derecho a reirnos. -sentenció – No somos de una gran familia pero tenemos buenas costubres. Puede que cambiemos el té por cocacola barata. Pero somos buena gente. ¿Me entiende?. Mi madre siempre me enseñó que había que respetar a las personas y, aquellos que vestían bien era porque se habían esforzado mucho en la vida. – siempre contaba lo mismo, mientras movía las manos simulando coser – Mi madre me había enseñado que mi lugar era el que me correspondía. Y me siento muy mal al soñar cómo me rio de toda esa gente importante.
  • Reírse es bueno – respondió el psicólogo después de un largo sorbo a su café – libera nuestra psique de su estado acomplejado y dolorido por la sociedad. Es por eso mismo que repetimos una y otra vez ese capítulo tan trillado que sale por la tele de nuestra serie preferida…
  • ¿Como el gato Garfield? – le preguntó
  • Por ejemplo – dijo alzando levemente la mano – Necesitamos reírnos de las cosas que más nos duelen y a eso se le llama catarsis. Una liberación del alma que aparecía por ejemplo, en la tragedia griega, para que el ciudadano medio no sufriera con tanta realidad su propio mundo. Si nos reímos – el psicólogo le gustaba hablar mucho y creerse un grandilocuente orador- en nuestro interior algo aletea y es por eso mismo que,- aquí hubo una pausa – no “querías” parar de hacerlo.

Siguió hablando, usando metáforas sobre la vida. Otra vez recurriendo a esos griegos que tanto le gustaban. Machando la televisión una y otra vez. ¿Qué demonios le habrá hecho el mayor entretenimiento de mi hija? Había un segundo en el que desconectaba. Un suave “puf” y la cabeza se perdía entre deshilachados recuerdos brumosos, se transformaban en las manos de su madre tejiendo, en su rostro triste cuando acababa el día y en todas las veces que le decía a ella una y otra vez: respétales.

El problema es que ella aún no le había dicho eso a su hija.

Y aquella niña se veía tan feliz.

Martes 6

Hay un momento en tu vida de inflexión, de recapacitación se podría decir. Y viene cuando te das cuenta que, todo lo que has ido aprendiendo durante tu vida, no ha sido más que una sutil y aburrida repetición. Y lo digo desde la experiencia, que quede constancia, puesto que mi hijo es lo único que hace: repetir, repetir y repetir. Y es triste, digámoslo claro, cuando te das cuenta que la genialidad se queda prendada de unos pocos privilegiados y tú no vas a ser más que otro granito de arena que se cree más duro y más brillante que los demás.

Ay, la singularidad egoísta. Qué preciosa vanidad la nuestra.

Sigamos hablando de ese “momento de inflexión”.

Cuando te das cuenta que tu vida no ha sido más que el papel de una impresora de escuela. Paras y dices:

  • Estoy hasta la polla de ser como los demás. – Intentas no decirlo en la calle y, si es así, procuras que no te oiga nadie.

Y no es que en este momento pienses -lo has estado haciendo durante toda tu vida – si no más bien que empiezas a cuestionar las cosas con un interés nunca antes visto. Y con tus jóvenes 14, 20, 30 o 50 años piensas no volver a repetir las cagadas que hacen los demás. Piensas que en el caso de cagarla prefieres que sea auténtica, que sea jodidamente tuya. Y dices un montón de palabrotas porque así te sientes más seguro.

Ya que en el fondo estás acojonado.

Pero bueno, decides empezar por lo más sencillo y coges tu vida, te vas al centro comercial más cercano y decides cambiar de armario porque no vas a llevar lo de los demás. Y joder, fíjate tú qué gracia. En el momento que sales con cien bolsas de varias de las mejores tiendas de ropa, sonrisa en cara, miras a tu alrededor y te das cuenta que absolutamente todo el mundo apesta igual de mal que tú con tu nueva ropa.

Dios sube el canal de tu vida por encima de sus propias carcajadas.

Es broma, Dios no tiene tiempo para ti.

Y cuando llegas a casa, terriblemente defraudado te dices

  • ¿Y ahora qué hago?

Sábado 2

Quizás era miedo.

No, no. Quizás no. Era un absoluto miedo hacia ese trozo en blanco que irradiaba la pantalla. Y más que eso, era el miedo a fracasar. O quizás mejor dicho: el miedo a que me dijeran algo malo.

Por eso cuando vengo aquí a escribir alguna cosa me da por pensar en el tiempo perdido que tuve cuando era joven. Quién sabe, quizás ahora sería un gran percusionista en la filarmónica de paris o un barrendero escuchando bachatas en las frías calles de invierno. Pero sin embargo no es así. Estoy mirando el espacio vacío que me queda.

 

 

 

 

 

Cuánto espacio para mi.

Debería agarrarlo con fuerza y no soltarlo. Llevármelo al ricón más oscuro de mi corazón y dejarlo ahí, donde nadie pueda tocarlo. Donde nadie pueda dañarme. La cobardía es uno de nuestros puntos fuertes -pensaría cualquier alienígena- y posiblemente una de las razones por las cuales seamos tan fuertes. Siempre se levanta el fuerte cuando un cobarde se amedrenta. El problema viene cuando no pides ayuda. El problema se queda cuando quieres ser tú todas las facetas del ser humano porque te crees el niño más fuerte del mundo.

Pero estás solo.

Por mucho que toda esa gente extraña te sonría sin parar.

 

Gi

Aún jugueteaba con la copa de cerveza mientras los demás seguían charlando. El ambiente estaba cargado con todos los puros que se habían regalado en la boda y el olor a vino caro. Borrachos la mayoría dejaban que sus ojos se hundieran como náufragos en los pechos que parecían escapar de todos los vestidos bonitos. Dejaban a los niños corriendo por cualquier sitio, recogiendo las cosas caídas y siendo libres como ellos sólo saben ser. Dos o tres se enzarzaron en una pelea por ver quién tenía razón de vete tú a saber qué. Los padres, al fondo, gritaron sus nombres y siguieron bebiendo, fumando y charlando.

Me miré las piernas. Eran bonitas, las volví a acariciar con disimulo mientras recordaba cómo hace pocos minutos unas manos firmes me las habían estado recorriendo. Los muslos aún temblaban recordando su tacto, su rápido jugueteo. Se me erizó la piel al sentir de nuevo sus dedos en la fina tela de las braguitas blancas que me había comprado para esta ocasión. Juro que mi intención era la más casta y pura. Yo sólo venía porque me habían invitado. Tenía demasiadas cosas que hacer como para ir a celebraciones de este estilo. Aunque en ese momento, me las podría haber quitado, podría haberlas arrancado de cuajo y podría haber arrastrado esa barba tan bonita suya hasta ahí. Lástima que la cosa no terminara como me hubiese gustado.

Ni siquiera sabía quién era la novia.

Sé que mientras jugueteaba con mis muslos intentó hablarme de ella, de la novia. Había dicho que era guapa, algo mandona pero buena mujer. Que se habían hecho muy buenos amigos pero que ya está, que él creía que se podrían hacer más cosas, que si se casasen el problema terminaría. Pero que no, que no podía vivir con ello.

– Somos una mierda en el sexo – me lo dijo al oído. Casi llorando, a medio grito.

Y no supe qué hacer. Me encontraba con el novio de la boda agarrandome las bragas. A un espasmo de arrancármelas, tirarme encima de la mesa y follarme hasta morir. Pero en cambio le tenía medio llorando en mi hombro, jodidamente perdido buscando algo dentro de mi que no iba a encontrar.

Me deshice como pude de sus manos y se las acerqué al cubata que estaba bebiendo.

– Es lo mejor que puedo darte – le dije amablemente.

– El alcohol nunca nos ha servido – repuso él

– No seas tonto. Es el frío del hielo lo que debería templarte.

Y me levanté lo mejor que pude. Me recoloqué las bragas y sentí que ya no podía hacer más en ese antro de mentiras.

También podría haberle dejado mi corazón, pensé, mientras esbozaba una sonrisa raída.

Llegué como pude hasta mi mesa pensando en todas las cosas que me habían pasado desde que mi hermana había muerto. En cómo había cambiado mi vida y cómo hace unos años le hubiera hundido la nariz a ese engreído si apenas me hubiera tocado. Y en cambio estaba aquí, jugueteando con mi cerveza.