Martes 9

Era una mujer de labios carnosos y grandes pechos. De ese tipo de mujer que enamoraba a primera vista cuando el vuelo de su vestido dejaba entrever unas piernas definidas, alzadas sobre unas sandalias rasas.

La gente del pueblo – principalmente las señoras – farfullaban desde la sombra cuánto se parecía a su madre.

– Siempre comprando flores. – se se quejaba aquella primera- seguro que es para una se sus amantes.

– A mí me suena que Teodoro sigue echándole ojitos cuando la ve por el mercado. No lo sé, no soy de esas que se meten en la vida de los demás.

El día se iba apagando. Y la mujer de los labios carnosos y los pechos grandes levantaba las persianas para que entrara un poco de aire. Aún quedaba algo de calor en la calle pero el frescor de los últimos días de primavera aún se podía notar. Tenía el cuerpo perlado de sudor por el calor del horno donde guardaba su preciado bizcocho y, mientras comía las fresas maduras, dudó sobre algo. Algo muy pequeño. Dudó porque durante una fracción de segundo en el vago reflejo que le daba la ventana, no pudo percibirse. Tocó con la yema de los dedos su perfil en la ventana, sus labios, aquellos grandes ojos caoba y los tirabuzones que caían en cascada sobre sus hombros. Se sintió etérea. Vacía. Cómo si estuviera golpeando la caja hueca de un juguete perdido. Se le agitó el pecho. Un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo y se quedó blanca. Mirando al vacío de una calle de domingo.

El temporizador del horno sonó – mi bizcocho – pensó, y fue corriendo a ver cómo había subido. Esponjoso, blandito, perfecto.

Suspiró de alivio. Todo estaba bien

Anuncios

Lunes 28

Llevo todas las tardes intentando decirte lo mucho que me cuesta contarlo todo, que las palabras tienen más peso del que tú y yo juntos podremos soportar. Por eso no me atreveré a dejar esta carta en tu buzón, pero sí tendré el valor de escribirla, como el que echa a llorar un día de lluvia.

Sabes que no soy un romántico, apenas me gusta el arte y casi todo lo que guardo dentro de mí se me hace agua, que escupo polvo, que apenas me queda aire. Que sin embargo contigo he conseguido creerme que soy fuego, algo capaz de quemar, de prender en los demás. Y perdóname la analogía tan pueril que he hecho, apenas intento acercarme a ti y me siento como un niño pequeño subiendo las escaleras de una biblioteca, dejando la zona de niños para adentrarme en ese mundo oscuro y frío de los pasillos para adultos.

Te quiero. No podría ser de otra forma.

Te quiero como sólo a un adalid se puede querer. Te quiero como quien no puede ver, como quien no tiene corazón, ni alma, ni cuerpo. Te quiero como una hoja al viento que se deja mecer por… ti.

Siempre es por ti.

He llegado a un momento en el que ya no me siento como era antes. Y antes no me sentía tampoco bien, salvo que es gracias a ti – o quizás por tu culpa – que me siento peor. Que soy más consciente de la mierda que escupo, de la mierda que soy. He necesitado estar con alguien tan limpio como tú para poder sentirme de verdad, para quitarme la venda. Parar llorar.

Porque joder, estoy llorando, ¿Sabes? Lloro porque esta es una carta de despedida. Porque me he sentido muy bien dentro de mi soledad, de mi mundo apático, de la sequedad en mi alma. De todo lo que te he dicho sobre los elementos.

Que me he acostumbrado a sentirme durante tanto tiempo muerto que la vida no tiene sentido.

Y de verdad que lo siento. Quizás, en otro momento.

 

 

 

Domingo 27

Era un sábado cualquiera. Justo en esa época donde el invierno se convertía en caricia y la luz de la mañana ayudaba a olvidar. Recuerdo haber recorrido con la mirada todos los puestos del mercado, saltándome a Juan y su particular silbido mientras cortaba y destripaba los pescados, sonreía a sus clientes y les cobraba. También pasé por alto la sonrisa cordial del viejo Miguel, que impregnaba todo el mercado con su café – que vete tú a saber si era italiano, brasileño o colombiano – o el chocolate belga comprado a su hermano en el pueblo del al lado; pero conseguía abrirte el apetito y las ganas de vivir. Pero ese día no. El panadero no me llamó la atención, ni el pollero, ni los niños ni la señora Mari Carmen. Ese día había un puesto nuevo, pequeño, justo en la esquina donde antes vendían ultramarinos. Era una frutería.

Me dispuse a echarle un ojo, una chica sonreía detrás del mostrador y me preguntó sobre lo que quería. No negaré que me fijé en su pecho, exuberante, aun tapado con el peto típico de su profesión. Ni en su piel oliva, ni en sus ojos oscuros. De hecho, tampoco hice mucho caso de su sonrisa, esa media puerta abierta que invitaba a sentirse libre, a contar tus problemas sexuales con la soltura de una amistad adolescente. Solo me fijé en las fresas que tenía en promoción, bien dispuestas, a primera instancia para que todos los ojos se posaran en ellas. Brillantes. Casi irreales. Parecían tan dulces que empecé a salivar y mi imaginación fue desbordándose, la nata montada la sentía ya en mi boca, entre aquel toque ácido, con chocolate, las pepitas, el dulzor de comerlas en su punto, aquella vez que también me comí la hoja, por probar, y me gusto. Todas, una tras otras devoradas mientras me sentaba en la terraza de Miguel, leyendo un libro y tomando la infusión de frutos rojos y cardamomo que tanto me había pedido que probase.

Pero no era temporada.

Y sentí una gran furia al darme cuenta de cuánto tiempo había perdido hasta llegar allí, con la ilusión puesta en la fruta, sin darme cuenta que no era el momento. Furia por ella, por haberme querido vender un tiempo que no era para mí.

Compré flores. Unas que aguardaran el calor sin morirse hasta que llegara su temporada.

Lunes 16

Supongo que era difícil llegar a donde estábamos, con tus manos jugando a atrapar un cuento en el techo, y yo jugando a ser un cuentacuentos, mientras nos apostillabamos en la cama y mi voz, junto a tus risas embriagaban de nostalgia el silencio de la habitación.

Recuerdo contarte algo sobre mis días de lluvia, de noche y escurriéndome por la luz de las farolas, huyendo de la marabunda como podía. Recuerdo también, que casi inmediatamente, enlazamos la historia con tus fuegos fatuos y soñamos que el mechero iluminaba cada paso de nuestro destino. Y de esa forma conseguías estar ahí, sonriendo en un portal, esperando que te ofreciera un cigarro para que me despreciaras diciendo que eso sabe fatal.

Nos reíamos en la noche. No sé si los vecinos se despertarían, si odiarían nuestra felicidad pero el caso es que siempre nos reíamos mientrss daban las tantas entre historia y continuidad.

Cuando recuerdo aquello – porque como todo, al final te fuiste- nunca consigo tener muy claro qué fue cierto y qué un cuento. Y en ese punto es cuando me doy cuenta qué es lo mejor de una buena historia.

MUCHO RUIDO, POCAS NUECES.

SALITRE.

Ha pasado un mes desde el 8-M y no sé, parece que aquella marea que parecía un tsunami imparable se ha quedado en una gran ola, que moja pero no empapa. Y lo peor es que no será precisamente por nuestras ganas de inundarlo todo.

Han silenciado los gritos de millones de mujeres. Lo que es una forma de seguir afirmando que somos cuatro gatas, cuatro brujas, cuatro locas del coño. Pues… precisamente hasta ahí estamos de que nos ignoren.

Prefieren hacer ruido para que nadie escuche. Ruido porque las reinas se han peleado y, vaya, qué drama. Para esas dos mujeres sí hay protagonismo. Porque no hay nada más importante: no nos siguen discriminando, no nos siguen maltratando, no nos siguen matando.

Qué va. Lo importante es que ha llovido en Semana Santa y que los devotos no han podido sacar de paseo su hipocresía durante tanto tiempo como…

Ver la entrada original 315 palabras más

Viernes 27

Eran las doce de la noche.

Eran las doce exactamente porque no se había movido ninguna manecilla del reloj. Los segunderos se habían detenido y todo en aquella casa parecían estar reteniendo el aliento.

Eran tiempos difíciles. Pensaba. Tener que llegar a este momento. Enfrente de un viejo reloj de pared, con el péndulo sorteando el espacio, y que todo se detuviera.

Y que nada importara.

Supongo que era casualidad, hasta incluso apostaría por algo de suerte, no lo sé con certeza. Pero aquel momento me había dejado postrado, pensativo, en cuántas cosas podría hacer ahora que el tiempo se había detenido. Me vino a la cabeza la posibilidad de borrar totalmente aquella discusión con papá, de pequeño, cuando cada uno se metió en su cuarto sin mediar palabra. Yo era un retaco y volví al poco para pegarme a su puerta cerrada y esperar como un perro a que me dejaran entrar. Ahora lo recuerdo y me entra la risa.

No recuerdo bien por qué discutimos pero siempre he querido eliminar aquello.

Ahora venían todos los recuerdos de golpe, como una metralleta: de aquella vez con mi madre en el suelo, con mi padre diciendo que no pasaba nada, que se había quedado dormida. Con las discusiones de fondo. Luego pasaron muchos años de golpe y me vi a mi mismo solo, delante de un espejo preguntándome, mientras lloraba, quién coño se atrevería a quererme. Los monstruos no tienen sentimientos, recuerdo que dije, mientras me enjuagaba las lágrimas.

Y salía a la calle con la capucha puesta.

Y miraba mal a la gente.

Recuerdo masturbarme una vez pensando en alguien que no debía. También me deleitaba con la idea de abrazar a cualquier mujer para pedirle inmediatamente perdón, para decirle que pensaba que era mi madre. Porque quería un abrazo.

Porque extrañaba mucho a mi madre.

Recuerdo fumar y nunca parar de hacerlo. El anhelo por el contacto físico, las miradas distantes y los comentarios hirientes. Recuerdo cómo se empequeñecía el mundo de ahí fuera mientras el interior, el único donde nadie podía hacerme daño, se hacía inmenso.

Recuerdo un día que dejé que todo el odio se apoderase de mi. Y a partir de aquel instante, no recuerdo nada más.

Seguían siendo las doce de la noche. El péndulo no se había movido de sitio y quedaba ahí la pregunta. A veces me gustaría volver al pasado y cambiarlo todo. Pero ahora he conseguido estar en paz. He matado a mis padres. Los he matado y he metido a todos los que no me hicieron feliz en el sótano, uno a uno. Supongo que están muertos porque hace días que no oigo nada. Y por eso he conseguido estar en paz. Mis padres por fin, después de casi 20 años de divorcio se han juntado para comer conmigo. Ahora están postrados sobre la mesa. Ya no les oigo discutir. Ya no me tengo que esconder en mi habitación. Las luces del comedor titilan sobre sus nucas.

No. No volvería para cambiar nada.

Miércoles 25

La niña del fondo era yo.

Recuerdo haber estado golpeando los cristales con fuerza esperando que alguien me dejara entrar. Hacia frío aquí fuera y, aunque el dolor de los nudillos se había vuelto extrañamente placentero, tres días en aquel sitio era demasiado para cualquiera – o al menos eso pensaba yo –

No sé porque no me abrían. La luz del interior brillaba y quería entender que alguien vivía dentro. Incluso oía voces susurrando algo ininteligible, como con miedo. Pero me resultaba estúpido porque era yo misma la que se moría de miedo; de miedo y de frío.

Era yo que no podía huir porque aparte del jardín circundando aquella casa no había nada mas que brumas y oscuridad. Y alguien que me reclamaba desde afuera.

– Ven conmigo

Se volvía a repetir cada día a la misma hora. Y solo alguna vez, recuerdo recobrar algo de consciencia y responder.

– Yo solo quiero volver a mi casa.

Lunes 23

Me faltaba un abrazo debajo del abrigo, de los que se arrebujan con el frío y se apelotonan en el fondo del alma.

No, en realidad me faltaba mucho más que eso pero resultó ser lo único que extrañaba. Qué iba a saber yo, que algún día, en plena primavera, vería todo a contraluz.

Lunes 26

Miedo.

Así con punto final, porque es todo lo que hay que tener en cuenta. Hemos conseguido entre todos crear una sociedad basada en privarnos de la libertad de poder elegir.

Por eso odiamos los lunes.

Y es ese odio colectivo el que me resulta risorio, prácticamente absurdo. Desde pequeño pregunté a varios adultos por qué odiaban el lunes

  • Tú nunca lo entenderás, no eres más que un crío – me decían con voz ronca después de fumarse el cigarro y tragarse el café.

Por increíble que parezca yo también soy de esos adultos hoy en día de café y cigarro en mano. Pero no odio el lunes – aunque adorase que Garfield lo hiciera – tanto como lo hace cualquier otro. Simplemente porque me di cuenta hace años que odiar significaba perder mucho tiempo de tu vida.

¡Ojo! Sigo odiando como ninguno pero aprecio hacerlo como pasatiempo vanal y frugal. Como quien come pipas una tarde soleada de domingo. Pero de verdad, ¿odiar todos los santísimos días primeros de cada semana porque tienes que ir a la rutina? No

NO

Definitivamente no podía ir con mi estilo de vida así que decidí cambiar esa idea. El trabajo en el que trabajase tenía que gustarme, no por el trabajo en sí, si no porque yo cambiaba mi trabajo para mi. Para nadie más.

Así que en todo sitio donde estaba terminaba hablando con mi jefe – en pos del beneficio de la empresa le decía siempre – y así mejoraba el suelo donde pisaba, el sitio donde me quedaba y la clientela que tenía.
Al final del mes mi sonrisa no se torcía. Era el dinero merecido. Y todo cuadraba.

No quiero decir nada, pero dejaros de odiar tanto durante tanto tiempo que vais a perder un montón de tiempo.

O hagámoslo juntos en el parque, un domingo por la tarde, con la luz de soslayo sintiéndonos inmunes al dolor.

Feliz lunes.

Martes 27. Lucía.

Lucía estaba mirando cómo dormía su hija en la cuna. Le acababa de dar el pecho y entre sonrisas la niña había dejado que el peso de los párpados hiciera el resto. Y aunque le doliera la espalda por haberla recogido después de trabajar de la guardería, aunque le dolieran los pies por llevar aquellos estúpidos tacones de aguja, no le molestaba en absoluto dejar a su hija dormida en la cuna como tantas veces le habían dicho que hiciera.

  • Así se volverá una niña muy fuerte. Los niños deben ser independientes de pequeños.

Era curioso lo que sentía Lucía. Se aferraba a una mano inexistente para refrenar su instinto de madre y agarrar a su hija para dormir con ella. Para velar por su sueño y ofrecerle el pecho siempre que se despertase, sigue siendo mi bebé, pensaba Lucía. Pero desde que nació le pusieron una cuna al lado para dejar a su hijo y que ella pudiera seguir con su vida. Como si aquello no fuera con ella.

A veces a Lucía le dolía el pecho, pero por dentro, cuando dejaba con todo el cuidado del mundo a su bebé en la cuna. Le arropaba con una manta fría para darle calor y le arrimaba un peluche. Al menos podrá abrazar algo si tiene una pesadilla.

Lucía era una madre como cualquier otra. Después de terminar de limpiar la casa en silencio se duchaba, frotaba con fuerza las partes sucias de su cuerpo, las partes secretas que ningún hombre, salvo el indicado, podía ver ni tocar. Cuando se limpiaba siempre estaba presente la idea de su madre educándola en valores. En decencia.

En sociedad.

Lucía era una madre como cualquier otra que, una vez terminada la casa, su limpieza entera, perfumada y depilada, se sentaba en un sillón, con la tele apagada, para limpiar su alma. Lloraba en silencio, para no molestar a nadie, no vayan a pensar. Y algunas tardes, se juntaba su llanto con el del bebé, buscando el calor de su madre que un peluche no podía dar.

  • Ya voy – decía Lucía, completamente limpia.

Lucía se preparaba para volverse a ensuciar.