Viernes 13

Hay algo dentro de mí que, como siempre, es muy oscuro. Y, como de un tiempo ahora, no sé bien cuál es su naturaleza ni su origen.

Tengo miedo de morir y dejar a todos sin mí. Que sufra mi madre, mi hermana, mi mujer e hijos.

Tengo miedo porque ellos sufran. Menuda idiotez, ¿no es así? A uno debería preocuparle el dolor propio y yo solo espero no molestar.

Aunque a veces, he de reconocer, sí que me apetecería dejarme caer, olvidarme de los problemas y morir. Pero no un poquito, ni unas horas. Un morir de adiós y punto final.

P.d.: Y pensar que siempre quise ser inmortal

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@arMangas

Tenia un hombro dolorido.

Lo movía con molestia mientras daba vueltas alrededor de su víctima. Le miraba con cariño, como cuando un gato caza y juguetea con su presa. Levantó la espada lo justo para ver su filo limpio, quitó cuatro manchas que había en la empuñadura con la lengua y sonrío.

  • Es divertido mantenerte vivo.
  • Fils de pute – dijo, antes de escupir en el suelo.
  • Lo siento. No tengo la menor idea de lo que pretendes decirme. Pero… ¿sabes qué? He llegado aquí, a tus aposentos en tu castillo, rodeado de toda esta floresta – iba diciendo mientras movía la espada por la estancia – por cierto, menuda obra de arte tienes ahí fuera, ¿cuánto tiempo te habrá costado mantenerlo?

Se puso una mano en la cadera. Volvió a mover el hombro. Seguía doliéndole.

  • ¿Sabes por qué me duele el hombro? Claro que no, ninguno de los dos nos entendemos. Allí abajo había – paró para contar mentalmente – ¿quince bravos y fornidos franceses dispuestos a matarme? En realidad, creo que no, eran más. Había un jovencito que parecía el hijo de alguno de ellos. Se le vidrió la mirada cuando maté a su padre. Eso, o claramente eran amantes.

Se agachó lo justo para crear algo de drama.

  • No sé cuales son los gustos aquí en el norte. En España también somos así, no crea usted. No tengo problema. Lo que sí tengo problema es sobre vuestras espadas. La guarnición esta que tenéis – agarró la espada de su contrincante – es demasiado pomposa. Guarnición de lazo, la llamáis, ¿cierto?
  • Ne touchez pas l’épée d’un homme sans sa permission
  • CÁLLATE RATA FRANCESA – gritó mientras le propinaba una patada en las costillas – no dejas que hable a gusto.
  • Las espadas en España se llaman tizonas. Nada que ver con El Cid – paró un segundo y le miró fijamente – no te creas todas las cosas que hablan sobre él. Lo único cierto es que se llaman tizonas. Porque traen la muerte y la muerte siempre es negra.

Se detuvo en seco durante unos segundos contemplando a su víctima. Torció el gesto. Envainó la espada. Acarició el pomo y continuó.

  • Ahora existe un problema. No sé bien qué hacer contigo. He venido a matarte, claro está. Me ha gustado mucho matar a todo tu séquito, a todos tus criados, he lanzado al bosque tus caballos y liberado toda tu granja. No queda nadie en varios kilómetros a la redonda. Podrías gritar y morir antes por sed o por desangro. Apuntó con la nariz sobre sus heridas. Te has quedado sin una mano, sin una pierna y la oreja de la corté por error. Por cierto – giró levemente la cabeza – el resto no sé dónde está, pero debajo de la mesa tienes una mano. Me queda la opción de matarte, pero claro, me duele el hombro y no me gusta esforzarme demasiado. Por otro lado podría dejarte desangrar aquí, terminar de escanciar el borgoña que estabas bebiendo, pero claro, aun tienes una lengua y no podría disfrutar tanto como me gustaría.

Tragó saliva. Ya no hablaba, ni injuriaba, ni intentaba gritar como al principio. No entendía nada de lo que decía, pero su actitud demostraba que no podría salir con vida de ahí. Por eso bajó la mirada y suspiró.

  • No, no, no, no, ni se te ocurra – le cogió de la cara con dos dedos – nunca dejes de mirar a la muerte. Porque aquí yo soy la muerte. ¿entiendes? Mírame hasta que te mate o hasta que me vaya.

Se le fueron cerrando los ojos, apenas podía enfocar. Se le iba la mirada y el pulso se relantizaba. Le metió un puñetazo para que despertara.

  • PAR DIEZ – le reventó la nariz de otro puñetazo – escoria de cloaca. Uno ya no puede ni disfrutar de la muerte.

No respondió. No volvió a abrir los ojos. Había muerto en medio de un soliloquio de lo más locuaz.

  • Y ahora – preguntó al aire – ¿Qué hago con este castillo?

Domingo 17

El mundo se crea en dos partes.

La primera es de destrucción.

La segunda es intentar mantener esa destrucción.

Y es fácil de comprender porque nunca verás a un niño construyendo algo de primeras. La amplia mayoría – siempre existen casos aislados – tienden a destruir el mundo que les rodea. Por una parte se entiende que su cerebro no puede comprender la creación. Que sus músculos y tendones están de prueba. Cuando quieren tocar algo lo golpean, cuando quieren tirar algo lo rompen, cualquier cosa que intentan hacer termina en caos.

Luego el caos se reconstruye.

De alguna forma encontramos ideas dentro de ese caos, una explicación lógica a todo, dejamos de tirar los vasos, dejamos de romper las hojas, los mandos a distancia aunque están astillados por todos lados siguen vivos. El niño empieza a aprender.

El problema viene aquí. Apenas unos años después. Unos niños que ya no lo son, empiezan a conocer otros conceptos, usan la madera como combustible, el petroleo como única forma de movimiento, las guerras como comprensión, seguimos adelante y nos acercamos al borde de nuestra propia extinción. Varias veces. Y siguen tropezando. Y joder que si tropiezan. Lo hace tanto y tan rápido que no les da tiempo a aprender. Unos intentan volar, caen y mueren. Pero de ahí salen otros diez que lo vuelven a intentar hasta que algún loco termina en la luna, muy lejos de su país y su infancia. Y es curioso todo el combustible, la polución y la muerte que hay detrás de un gran logro humano.

El problema se mantiene.

Seguimos siendo unos niños intentando comprender nuestros manotazos sobre el entorno. Rompemos nuestra vida pero no existe un padre que ya lo haya vivido antes. Nadie te dice que eso está mal hasta que es demasiado tarde. Y aun así quedan incógnitas y dudas. Si ese veneno mata, es malo. Pero es bueno para matar.

Al final no nos queda otra opción que equivocarnos y aprender.

Por mucha gente que muera en el intento por una humanidad mejor.

Miércoles 13

A veces me siento en un banco del parque.

Y veo cómo todos esos niños corretean jugando al pilla-pilla. La llevas tú!, dice uno en el fondo, no, ahora la llevas tú. Y vuelven a correr hasta que uno de ellos grita: Eso es trampa!!

Casi me parece absurdo que se cueza lo que se cueza ahí fuera, con unos amenazando a medio mundo con sus bombas, otros con sus ataques terroristas y aquellos lanzando amenazas silenciosas sobre subir o no el I.V.A, hay unos niños jugando tan tranquilos a ver quién pilla a quién.

Ajenos a todos no se percatan de que sus padres no se juntan con otros padres, aquellos en el fondo son los moros, hablando raro. Los de la derecha rumanos, más allá hay unos uruguayos bebiendo mate y, las madres del pueblo, las que son autóctonas de aquí, también en un grupo, discutiendo de la mejor forma posible lo mal que lo hacen todos los demás.

Mi hijo está a mi lado.

Y tengo un miedo absurdo de no saber cómo demostrarle que el mundo, por mucho que parezca la mar de bonito, se convertirá tarde o temprano en lo que veo yo ahora mismo. ¿Cómo explicar a mi hijo que veo en un parque a medio centenar de personas separadas? Me parece una tarea casi imposible defender el hecho de que es natural el odio hacia otras personas, por mucho que le diga que no es miedo, ni asco, si no más bien falta de conocimiento.

Mi hijo está a mi lado y me duele ver que es tan dulce. Que sonríe a todo lo que pasa a su alrededor. Me duele pensar que sufrirá en sus carnes el asco hacia su persona, hacia sus actos, hacia sus palabras y pensamientos.

A veces le llevo de la mano y le interno en ese mundo lleno de ruido porque sé que debe ser así, porque no puedo llevármelo a una cabaña en el bosque y que disfrute de su vida.

Y es que cuando le llevo de la mano sé que le llevo a un matadero. Donde madurar sólo significa sufrir en silencio.

Lunes 11

Mi abuela se va a morir de cáncer.

Y puede que porque ya tenga muchos años – he cumplido 26 hace unos días – o puede que porque mi padre murió ya hace muchos otros años. De cualquier forma, la palabra cáncer no figura en mi mundo interno como lo transmite Hollywood y sus películas. Simplemente digo lo que es. Aunque me duela.

Porque lo más peculiar de mi es que me puede estar matando por dentro que me prometí, hace tiempo, que diría la verdad. Si me duele lo digo, porque es así, porque me estoy muriendo y mi cara es la de aceptación. Pero nunca rendición.

Por eso veo que tendré que ir a verla dentro de poco, porque hace muchos, muchísimos años prometí volver para que me viera. Y han pasado cosas, he tenido un hijo, voy a por otro más, me he comprado un coche y la vida después del gran charco ha continuado. No podía parar un segundo y echar la vista atrás, para ver que ahí estaba alguien. Siempre esperándome. Y ahora que por supuesto es tarde. Quiero ir a verla.

Porque tiene cáncer. Y me duele que se muera.

Domingo 10

A veces no te das cuenta lo complicado que se torna escribir.

Cuantos libros a medias, cuantas historias sin personajes, quietos en sus mundos esperando que una tinta rápida termine por fin con su fatiga.  Cuántas malas noches escribiendo sin parar, para darte cuenta la mañana siguiente que nada de eso merece mierda.

Pero vuelves a empezar, y te repites, y caes en los mismos fallos y en casi sin querer recolocas las piedras según avanza tu camino.

Parece que escribir es eso.

Parece que escribir es tropezar.

 

Y te da rabia ver otros sitios donde la gente cuenta idioteces sobre vanalidades del mundo y tus cosas, que a priori te parecen importantes, no lo son mas que para ti. Y lo seguirán siendo por mucho que repitas y repitas y una vez más, pongas la piedra en su sitio, y repitas.

A veces, en la caída sobre el suelo tragas tierra sin querer. Sabe a mierda, a desesperanza, a dolor, a extrañar un mundo mejor. Y te levantas y te vas. Cabreado con lágrimas en los ojos. El problema es que cuando escribes y te caes. Quieres volver a escribir. Porque necesitas hacerlo.

Al fin y al cabo, después de todo, sólo los más duros aguantan.

Viento

Primero respiró

Había huido de la ciudad porque no lograba alejarse de todo aquel ruido infernal, de los coches y sus atascos, de los hombres y las mujeres quejándose a grito pelado sobre lo mal que le iba todo.

– ¡Que te calles ya, ostias! – se oía como le injuriaba una madre a su hijo – Joder que hartita me tienes, ¡de verdá!

Quería huir de todo eso, pero al salir a la calle, sentías cómo todo tu cuerpo languidecía ante el sofocante calor, y no eras el único. Los rostros largos de aquellos otros correteando por las calles, buscando el abrigo de un árbol que no había, metiéndose en cualquier antro en busca de aire acondicionado, mientras en el exterior, aquel aparato no dejaba de echar calor. Era absurdo. Lucas dio una mirada en derredor y no pudo sentirse más asqueado. Cómo salir de aquel infierno si sus amigos se habían ido de vacaciones a la costa, no tenía coche y sus padres no le daba dinero. Sólo tenía aquella bici vieja que parecía escupir óxido cada vez que la usaba.

– Ey, Lucas, hace calor hoy, ¿eh? – preguntó un amigo de su padre cuando le vio salir del portal.

– Sí, sí… hace calor, sí. – PUES CLARO QUE HACÍA CALOR. LLEVA UNA SEMANA HACIENDO UN CALOR INSOPORTABLE – y dicen que va a hacer más.

El amigo de su padre, algo mayor, casi no le prestó atención.

– Debe de hacer más fresco en el campo- dijo, y desapareció entre el gentío.

Lucas echó la mirada atrás. A su portal. Tenía la bici ahí, tirada en una esquina.

La sacó, comprobó que las ruedas estuvieran infladas y aunque no le convenciera la idea se lanzó. Pedaleó hasta sentir cómo las personas se iban difuminando a su alrededor por el rabillo del ojo. Pedaleó tan fuerte que en poco tiempo la ciudad se fue diseminando, aparecían edificios más bajos, casas perdidas. Pedaleaba con voracidad, casi rabioso cuando se dio cuenta que apenas había algún que otro chalet en la lejanía y que no sentía más que el viento en su cara.

Empezó a ver el campo, a percibir la paz de aquellas vacas salvajes que alzaban su mirada curiosas, el tractor al fondo parado, algún hombre con sombrero ancho perdido en el horizonte de sus campos y de repente, nada. Absolutamente nada.

Llegó a un momento, un instante en el tiempo en el que no había nadie a su alrededor.

Estaba sudoroso y refrescado. El corazón le palpitaba con viveza y respiraba ahora con fuerza un aire limpio. Aquel amigo de su padre tenía razón, hacía más fresco en el campo. Y aunque nunca había salido tan lejos de la ciudad – no al menos en bici y menos solo -, tenía miedo de que ahora le pudiera atropellar un coche, o le asaltara algún vagabundo, o un animal o lo que fuera. Su pánico se volvió sorpresa cuando de repente una ráfaga de viento sacudió su cuerpo. Su mente se limpió de golpe, aclaró sus ideas y con las manos firmes en el manillar de la bici se sintió en calma como no lo había hecho en muchos años.

Otra ráfaga de viento apareció, pero esta vez más tranquila, sosegada. Podría decirse que abrazaba su cuerpo caliente como una madre con su hijo perdido. Se dio cuenta entonces del ruido de los grillos, del mecer de la paja seca al son del viento, de las copas de los árboles aclamando al mundo que seguían vivos, sin importar por qué.

Se sentía vivo. Y es que hacía muchísimos años que no se sentía tan vivo como en aquel momento.

Gritó de júbilo junto al viento.

Volvió a respirar.

Esta vez frente a su ordenador. Con el ventilador puesto a toda potencia. El griterío de la gente fuera, en la calle, ensordecedor. Estaba rabioso, con las manos temblando encima del teclado, muerto de vergüenza por no salir ahí fuera y no poder hacer más que quedarse quieto, escribiendo cómo sería vivir fuera de la ciudad.

Aunque sólo fuera una vez.

Domingo 21

A veces Lucia recuerda a su madre.

Sonó la campanilla de la mercería y un aire embriagador llenó la estancia con el aroma de los asuntos de negocio. María estaba en la trastienda terminando el forro para la falda de la señora Julia, que se lo habían vuelto a romper de tanto levantarla. La muy suelta. Pensaba. Al final siempre tengo que arreglar yo los desvaríos de estas desviadas.

  • Muy buenos días señor Julián.
  • Muy buenos días tenga usted, María. ¿Está terminado ya el arreglo de mi chaleco? – lo dijo mirando su carísimo reloj, como haciéndome recordar que él siempre tenía muy poco tiempo. – No tengo todo el tiempo del mundo, como comprenderá, negocios importantes me aguardan.

El señor Julián, por llamarle de alguna manera (pues no era ni Señor ni su verdadero nombre Julián) se había convertido en uno de los personajes más divertidos del barrio. Nadie sabía nada sobre su vida. Ni dónde trabajaba, ni si tenía hijos ni si quiera si vivía aquí o en el pueblo de al lado. Siempre le veían tomar café mientras leía el periódico, comiendo aquella estúpida moda francesa del craisand o como fuere que se pronunciase.

  • Permítame decirle, -hizo una pausa para tantear el terreno – que me sigue extrañando que no venga su mujer para hacer estos tipos de recados. Una no se acostumbra a recibir hombres de negocios tan bien presentados como usted.
  • Mi mujer está donde tiene que estar. – sentenció
  • Comprendo.

María agachó la cabeza, reservada. Sabía dónde estaba el límite antes del golpe y no quería volver a recibir una paliza por haberse sobrepasado. Al poco volvió con el chaleco del señor Julián, bien envuelto en un trozo de papel caoba.

  • María – le dijo mirándola a los ojos. – Ha hecho un buen trabajo con el cuello del chaleco.

Pagó lo que debía, se dio la vuelta y cuando abrió la puerta y volvió a sonar la campanilla, María preguntó:

  • ¿Qué le pasó al chaleco, si se puede saber?
  • Que mi mujer, al igual que usted, a veces se le olvida cúal es su sitio. – se giró un poco, sólo para verla de reojo. – Y claro, tuve que recordárselo. – sonrió

El señor Julián se fue una vez dicho esto. La mercería se sumió en un profundo silencio apenas roto por un llanto ahogado.

  • Pues claro, maldita estúpida – farfulló – si ya te lo decía tu madre. Aprende cual es tu sitio.

Lucía se despertó de golpe, agitada, con la mano en el pecho. Pronto reconoció su cuarto, su cama, su edredón y su mesilla de noche. Tranquila, se dijo a si misma. Sólo era una de esas estúpidas pesadillas. Miró a su hija al lado, durmiendo plácidamente. Tranquila Lucia.

Sólo ha sido una pesadilla.

Domingo 19

Los viajes en autopista son largos. 

El camino discurre a través de las extensas llanuras toledanas sin que apenas te des cuenta. Tienes la ventanilla bajada y el aire fresco de la mañana te deja la mente en blanco. Suena la música, algo parecido a una balada de rock de los 70 pero no le prestas atención. Tampoco lo haces con los pájaros volando en bandada sobre el cielo azul, ni a un halcón posado en una señal de tráfico. A sendos lados de la carretera los conejos esperan de pie a que su vida se procure más sencilla, mientras toman el sol y quizás, quién sabe, piensen en los familiares muertos por accidentes de tráfico el año pasado. 

Los viajes en autopista son muy largos.

Castilla la Mancha tiene la peculiaridad de tener todo muy lejos. Cada pueblo vive al menos a quince minutos de distancia en coche. Y todos son pueblos pequeños, con gente de mirada osca, con la herencia de aquella época dorada donde luchaban en sus fortalezas y defendían el poder español contra aquellos malditos negros. Por eso debes pasar con el coche sin hacer mucho ruido y tener fe en que la próxima ciudad el pueblo llano se haya convertido en algo más culto. 

Y es en ese momento, cuando te sientes superior a todo lo que te rodea, cuando piensas buscar una emisora mejor en la radio y empieza a sonar una melodía completamente extraña. Tan extraña que jurarías no haberla escuchado en al menos veinte años. Trata sobre una chica francesa con la voz cascada, juraría que desentona, que no llega a las notas y que la música no va acorde. Pero aún así consigue llenarte por dentro y no sólo eso, es esa desentonación la que saca de ti un recuerdo que pensabas perdido, tan perdido que no lo entiendes. La música inunda el alma, la desprende del cuerpo y la hace vibrar. ¿Y este recuerdo cuál es? Y sé que es un momento de mi vida, juraría que he vivido con esta canción, que amé con esa canción, que me sentí feliz, casi morí, escuchando esa canción. No entiendo nada de la letra, tampoco entiendo por qué se está acabando. Abro los ojos mucho, se está yendo, se va.

A veces las cosas son demasiado rápidas. Ya casi he llegado a mi destino, sin darme cuenta. Ahora tengo un recuerdo en blanco de una vida que no sé si fue real. Un sabor extraño en la boca inunda mis miedos. ¿Soy incapaz de recordar?
Esto lo escribo tiempo después de lo pasado. Tengo la música en el móvil y el recuerdo sigue igual. Podría pasarme todo el día escuchándola hasta recordarlo bien pero, ¿para qué? Este sentimiento es genuino, no quiero perderlo. 

Quizás el recuerdo es sólo la canción.

Domingo 12

A Maximiliano le gustaba dar de comer a las palomas. Era lo más parecido a su trabajo y encima no tenía que sentir la angustia de cobrar a personas con escasos recursos, ni si quiera tenía que ver llorar a nadie. Venían, agachaban la cabeza y esperaban. Simplemente esperaban. Maximiliano siempre alargaba esta escena tanto como podía, le resultaba gratificante. Todos los días a la misma hora, en el mismo banco en el mismo parque. Se sentaba, sacaba la bolsa llena de pan y se quedaba observando cómo las palomas le miraban, esperaban pacientes al mendrugo seco y duro. Estúpidas ratas, pensaba. Y una vez que estaban todas, que cada una de ellas ardía en deseos y las copas de los árboles resplandecían en gris, él sonreía. Pero sonreía con todo, con los labios, los dientes, con el alma entera, sus vasos sanguíneos se hinchaban y empezaba a ruborizarse. Tal era su alegría, su calor.

Apenas habían personas a esa hora en el parque, y es verdad que las pocas que pasaban por ahí no veían más a que a un joven y apuesto hombre bueno que daba de comer a las palomas como si fuera un viejo.

Y claro está, él lo prefería así.

Luego se puso a pensar en Lucia cuando se quedó sin pan. Pensó en sus manos, tan diminutas y nerviosas, arrebujándose en los flecos de su falda. Al momento no pudo impedir pensar en sus piernas, fuertes, de mujer fuerte, de andar decidido, y es que le encantaban aquellos días de verano cuando venía con su escote, y qué pechos, qué rostro, qué piel. Le costaba mantener la calma y la pose detrás de su escritorio. Además, desde que averiguó que su marido le había dejado sola con su hija se sorprendía a si mismo cada día pensando cómo podría cautivarla. Y más aún con esa necesidad de afecto. Que me gustaría abrazarte y hacerte sentir hermosa, Lucia. Se repetía por dentro.

Lucía, tantas veces repetía su nombre: lucía, lucía. Le temblaba el pecho cada vez que la veía en su agenda, todos los días que pasaba cerca de su casa o que la veía dejar a su hija en el colegio. Cada día que oscurecía por la tarde y en su rostro se dibujaban las lágrimas de su tormento. Y encendía la lámpara de la mesa y su rostro se desfiguraba en mil tormentos. Ella se hacía más hermosa y él no sabía qué hacer.

– Llora, Lucia, llora cuanto quieras, – le decía – es lo mejor que puedes hacer.

Y ella asentía.

Parecía una paloma hambrienta.